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Hoy se nos ha ido Celedonio López. Dicho así, sin más, puede que no les diga nada. Pero para los que le conocimos, para los que tuvimos la gran fortuna de estar en su casa, en las cuarterías de El Canario, para los que tuvimos la suerte de aprender de sus convicciones, de su fortaleza, de su sencillez, de su capacidad de liderazgo, de su empuje ante las situaciones adversas, de su solidaridad, de su voluntad y sus deseos de construir otra sociedad más justa, más igualitaria, más libre….ha sido, sin duda alguna, una inmensa oportunidad vital que nunca agradeceremos lo suficiente.
Celedonio ha sido uno de los líderes más carismáticos de la aparcería en Gran Canaria. A él, entre muchos otros, le debemos la salida de las familias aparceras de aquel pozo de esclavitud y miseria en la que estaban con la movilización de toda la isla, el encierro en el Sindicato Vertical y la aprobación de la Norma de Obligado Cumplimiento, que legalizaba el cobro a la parte, la posibilidad de controlar y llevarse la tara garantizando así los kilos reales de tomate que les correspondía y acabando con el robo que se venía cometiendo en los almacenes en el pesaje del mismo. Gracias a él, a sus incansables asambleas en las cuarterías, a sus noches sin dormir, a sus detenciones por la Policía, a sus planteamientos siempre clarividentes, las familias aparceras vieron una salida y una esperanza, vieron cómo se iba acabando el quedar endeudados con la empresa de una zafra para otra, cómo sus hijos pequeños dejaban de estar en las cajas de tomates en medio de los tomateros o en la choza, cómo comenzaban a tener derecho a las escuelas, a tener agua y luz en las cuarterías, a no tener que trabajar desde pequeños.
Su muerte no es más que una ocasión para recordar e impulsar la vida. Sólo cuando la semilla cae bien en la tierra y muere puede dar un buen fruto. Y Celedonio de esto sabía y sabe mucho. El sabía de la incertidumbre a la hora de plantar la mata de tomatero y que pegara bien. Sabía de las triquiñuelas de las empresas con el agua y los abonos para hacer que una zafra prosperase o se chafara de repente. Sabía de las trampas continuas en el pesaje de las cajas en los almacenes, sobre todo cuando los aparceros no estaban presentes. Sabía de la opresión de la clase trabajadora, no sólo la aparcera, porque estaba en constante contacto con los guagüeros, con las tabaqueras, con los portuarios, con las empaquetadoras, a través de Carlos Suárez, otro de los líderes más luchadores de nuestra historia obrera. También sabía de los momentos cálidos de echar un pisco junto a la lumbre, una vez caída la tarde y entrada la noche. Y conversar pausadamente sobre otras luchas en otros países, de las persecuciones, de las estrategias, de los amigos y de los que no querían unirse a la lucha.
Plantó y vio crecer, junto a una mujer, Benita, cuya fortaleza no ha sido capaz de derrumbar ni el tiempo ni los trabajos, cuatro hijos que han sido su mejor cosecha: Benita, Ana, Celedonio y Ernesto. Con sólo mirarles a los ojos puede uno contemplar la mirada serena y profunda de sus padres, la sonrisa cargada de añoranza en un futuro más esperanzador, la voluntad para continuar a pesar de las dificultades, la determinación de las convicciones más allá de los resultados inmediatos.
En un momento de nuestra historia en el necesitamos con urgencia, como nuestros campos necesitan ya el agua de la lluvia, retomar con voluntad, decisión y constancia, los valores del compromiso, de la solidaridad, del esfuerzo desinteresado, de las convicciones personales profundas, de la transparencia en los asuntos públicos, de liderazgos personales y colectivos que se pongan al servicio del bien común, la vida y el camino realizado por Celedonio sigue siendo para nosotros un ejemplo, un aliciente, un empuje y una convicción: la de que esos valores están en nosotros, están en la comunidad y son posibles.
Por eso, como la semilla muerta sigue viviendo en la planta y en sus frutos, Celedonio sigue viviendo en todos aquellos a los que nos transmitió sus valores. Y estoy convencido de que sigue, desde otros niveles, empujando, tozudo, hacia esa sociedad posible que soñó y a la que dedicó muchos años de su vida.
No sería una idea banal que el Museo de la Zafra, que con tanto acierto ha creado el Ayuntamiento de Santa Lucía con el incansable trabajo de Pedro Grimón, incorporara a su galería de personajes históricos de la aparcería, la persona de Celedonio López. Estoy seguro de que su presencia honrará al propio Museo y dignificará la lucha de miles de familias que, con su esfuerzo, han regado generosamente nuestros campos, nuestras calles y nuestras vidas.
Domingo Viera González
30 de Junio de 2009 a las 23:54
LA CANCIÓN DEL JUSTO
Aguaviva: La Casa de San Jamás. 1972.
Ya se nos fueron todos los puros.
Se fueron a un lugar
donde ser no es pecado,
donde al mentir se muere,
donde vivir se puede
y donde querer se debe.
Ya se nos fueron todos los puros.
Más no marcharon sólos.
Se llevaron retazos de tristezas,
heridas dolorosas,
semillas de esperanza.
Ya se nos fueron todos los puros
Por éso, aunque nos llore,
precisamente ahora, más que nunca,
tendremos que ser puros.
Hasta siempre, compañero.
Juan Peña.
29 de Junio de 2009 a las 08:58
Benita:
Gracias por tus palabras y por tus recuerdos.
Tú y yo sabemos que los valores que vivió Celedonio y por los que luchó durante los mejores años de su vida permanecen y permanecerán en la conciencia colectiva aunque parezca que ya no circulan en la vida social actual. Y sabemos también que hay muchas pesonas y colectivos que los viven hoy e intentan transmitirlos allí donde trabajan y desarrollan sus vida.
Lo que hecho de menos hoy es algo que entonces vivimos abiertamente y con intensidad: el hacerlo colectivamente, el hacerlo por convicciones propias, el hacerlo sin tener en cuenta qué pensarán otros o qué beneficios personales perdería. Celedonio, tu padre, en esto nos ha dado una lección fundamental: primero los principios y las convicciones y luego el beneplácito social.
Aquelllas semillas plantadas tan duramente pero con tanto ilusión y frescura siguen dando y darán frutos. De eso estoy convencido.
28 de Junio de 2009 a las 15:58
Hola, Domingo.
Decirte que ese amor que tú derramas en tus letras dirigidas a mi padre es el mismo que nosotros sentimos por ti y por tu compañera, Ana.
Aún recuerdo aquella tarde en que te vimos paseando con Ana por uno de los caminos de tierra de las cuarterías de El Canario. Era un paseo de amor a la caída de la tarde, a esa hora cálida en que el sol nos habla en silencio.
También recordamos, mis hermanos y yo, y también mi madre, (y, cómo no, también recordaba mi padre), aquella escuelita en una de las habitaciones de la cuartería en la que Ana enseñaba a leer y escribir a los hijos de los aparceros. La letra pequeñita de mi hermano Celedonio nos lleva siempre a aquella joven mujer de 19 años que desinteresadamente enseñaba el recorrido por los números y las letras, donde la tiza, en las manos de los niños aparceros, también era para escribir en la pizarra, no sólo en las cajas de tomates.
También recordamos aquella canción de Ana dirigida a un niño que juega con verguillas; aquel parto en la cuartería en el que Ana ayudó a Carmita a parir a uno de los hijos; aquella pulsera de piel negra y detalles en plata en un Día de Reyes… Y también tu risa, Domingo, tu abierta y en cascada risa, motivo de alegría y de apertura en la cuartería.
Me gusta mucho esa reflexión que haces cuando dices “ Sólo cuando la semilla cae bien en la tierra y muere puede dar buen fruto”. Lo dice todo. Encierra un mensaje de optimismo en esa etapa de la vida en que acontece la muerte.
Me gusta también mucho que recojas ese momento tan característico de mi padre, y de las familias aparceras, cuando se sentaba en la puerta de la cuartería al atardecer, a conversar. Ese momento tan característico suyo recostado en el suelo.
La otra noche, cuando fuiste a verlo, me dijiste que esa época del Canario fue muy importante para ti. Decirte que en el hospital, a pesar de que ya hablaba muy poco, tuvo palabras dedicadas a esa época. Dijo que él no se quería ir de allí. Que lo hizo por sus hijos, porque ya eran grandes y tenían que ir al instituto.
Muchas gracias, Domingo, en nombre de mi madre y de mis hermanos.
Un fuerte abrazo.
Benita.
28 de Junio de 2009 a las 15:51
celedonio para tu familia nono fuites una gran persona nos dejastes una gran tristeza donde quieras que estes un beso
26 de Junio de 2009 a las 20:31
Con el corazon en la mano.Tenemos que seguir para que algo quede.